Los manantiales sagrados de Angkor

El Imperio Jemer fue por más de setecientos años, desde el siglo IX hasta mediados del siglo XV, un poderoso reino en el sudeste asiático cuyo centro se ubicaba en lo que es actualmente Camboya, pero su extensión comprendía además los territorios de los modernos países de Tailandia, Laos, Vietnam, parte de Myanmar y Malasia.

Angkor, su capital, fue epicentro de una de las civilizaciones más grandes y poderosas de la época, con más de un millón de habitantes en sus tiempos de esplendor y proyectada sobre una superficie de 2000 km2. El eje de su crecimiento se afirmó en el dominio desplegado por esta cultura sobre el recurso del agua.

El control del agua tenía carácter sagrado, era una obligación espiritual y fue imprescindible para la construcción de la ciudad, puesto que, originalmente, la llanura de Angkor estaba cubierta por junglas espesas que se inundaban tras las lluvias monzónicas estacionales, por lo que fue necesario trabajar en los cauces, estudiando el comportamiento y la mecánica de los fluidos, en función de las fuerzas a las que eran sometidos.

Los jemeres diagramaron una compleja infraestructura compuesta por conductos, fosos, canales, depósitos de almacenamiento y embalses, para garantizar el suministro constante de agua a su población. Una obra de ingeniería descomunal y asombrosamente precisa.

Con el conjunto de elementos en funcionamiento, se podían evitar las inundaciones, y al mismo tiempo, abastecer de este recurso indispensable a grandes extensiones dedicadas al cultivo, como también acumular reservas para la estación seca. Reunían el agua de las regiones elevadas y la encauzaban hacia los campos de arroz que estaban ubicados en las zonas bajas, así podían fertilizarlos y alcanzar una muy buena irrigación.

Los estudios de la civilización de Angkor, revelan en su último período, un ocaso progresivo de la ciudad, un paso gradual y paulatino del poderío a la dependencia en el transcurso de un siglo. El gran Imperio Jemer inició su descenso en el momento en que comenzaron a manifestarse desperfectos en su avanzado sistema hidráulico, una estructura enorme que no podía ser descuidada y requería trabajos de mantenimiento permanentes.

El estrés ambiental y, especialmente, una gestión del agua no adaptada a nuevas condiciones climáticas, fueron factores que actuando en conjunto tuvieron una incidencia determinante, asegurando la decadencia de una de las culturas más sofisticadas de la Edad Media. La ciudad de Angkor pasó a ser muy vulnerable de cualquier fenómeno natural que pudiera llegar a ocurrir, en una zona de meteorología extrema.

Los habitantes de Angkor comenzaron de a poco a abandonar la ciudad y a su compleja red hídrica, este factor, el mismo que la hizo crecer y llegar a su apogeo, cuando empezó a declinar, fue empujando a un imperio a hundirse en el olvido.