La iluminación a gas del siglo XIX

A comienzos del siglo XIX las calles de las ciudades, incluso las más habitadas, estaban casi en la penumbra, sólo las fachadas de algunas casas y edificios contaban con lámparas o faroles de aceite para alumbrar la noche, por lo que la mayoría de la gente prefería quedarse en sus casas por temor a ser asaltada.

Quienes gozaban de cierta solvencia económica, acostumbraban a contratar a jóvenes que los acompañaran portando antorchas por las calles de la ciudad, aunque esto no les garantizaba un camino seguro, porque a veces los clientes eran llevados a callejones donde se les despojaba de sus pertenencias.

En 1807, un gran acontecimiento marcó el inicio del alumbrado público: el alemán Frederick Albert Winsor iluminó un lado de la calle Pall Mall, en la ciudad de Londres, usando lámparas de gas.

Desde el siglo XVII se sabía que la destilación del carbón producía un gas inflamable, en 1690, el clérigo y científico inglés John Clayton observó que a partir de este gas podía encenderse una llama, sin embargo, a nadie se le había ocurrido aprovechar el descubrimiento para fines prácticos.

Casi un siglo después un ingeniero e inventor escocés llamado William Murdoch, que trabajaba para Boulton & Watt, famoso fabricante de motores vapor, supo aprovechar la observación de Clayton.

Murdoch calentó el carbón en vasijas de cristal, y el gas que salió de estas fue transportado por tubos de hierro a unos depósitos –llamados gasómetros– donde se purificaba antes de continuar hasta el lugar de la combustión. Usando este innovador sistema, en 1792 alumbró su casa, ante el asombro de sus vecinos; 10 años después consiguió iluminar la planta de producción de la fábrica modelo –por sus innovadores métodos de producción- Soho Foundry, y en 1805 hizo lo mismo en un molino de algodón de la ciudad de Salford.

Se trataba de un gran avance tecnológico, no obstante Murdoch –quien en aquellos años ya se había convertido en socio y gerente de Boulton & Watt– no estaba interesado en aplicar su invención fuera de las fábricas.

Casi al mismo tiempo que Murdoch, en Francia, el ingeniero civil, profesor de mecánica y químico Philippe Lebon experimentó con gas proveniente de la combustión de leña, lo almacenaba en contenedores y a través de tubos lo conducía hasta unos globos de cristal, a los que denominó termo-lámparas.

Lebon instaló el sistema en su casa de París y lo mostraba al público a cambió de tres francos, pero su invento tenía dos problemas que nunca pudo resolver: la combustión desprendía mal olor y había siempre riesgo que las lámparas explotaran.

El científico escribió que su tecnología podía ser utilizada como suministro de gas y calefacción, aseguró que podría proporcionar luz a todas las habitaciones y reemplazar todas las chimeneas en una casa. Desgraciadamente, no se le ocurrió la idea de proporcionar luz o al menos no tuvo tiempo de hacerlo, pues murió en Diciembre de 1804.

Quien sí pasó a la historia fue Friedrich Winsor, este alemán quedó impresionado con una de las demostraciones de la termo-lámpara de Lebon en París.

En su país publicó una traducción del libro que el francés había escrito acerca del invento, y en 1802 decidió emigrar a Inglaterra, pues pensó que allí había más oportunidades de sacarle provecho a las aportaciones de Lebon.

En 1804, el mismo año de la muerte del químico galo, Winsor patentó la iluminación de gas con carbón y se dedicó durante años a dar a conocer la nueva tecnología. Su idea era ambiciosa: proveer de gas a las ciudades para alumbrar las calles y las casas por medio de conductos que estarían conectados a una central de producción, quería fundar una empresa, la primera distribuidora de gas del mundo.

Aquel año impartió varias conferencias e hizo demostraciones en el Lyceum Theatre de Londres y repartió folletos en los que explicaba el funcionamiento del sistema. La gente estaba muy interesada, aunque también hubo quien lo acusó de mentiroso. Lo cierto es que Winsor, más que un científico e inventor, era un hombre de negocios.

Según cuenta el historiador británico William Matthews, el alemán no poseía prácticamente ningún conocimiento de química y la información que tenía sobre mecánica era tan deficiente que no era capaz de dar instrucciones adecuadas para la construcción de la central de gas. Sin embargo –explica Matthews– era un hombre brillante con el poder de convencer a la gente.

Winsor se trasladó a Londres, donde compró dos casas en la famosa calle Pall Mall; ahí montó sus oficinas así como la central productora de gas, con hornos de carbonización, en la que llevaría a cabo más demostraciones públicas. Pronto consiguió socios para que le ayudaran a financiar y promover la nueva tecnología. Para alcanzar el objetivo de crear una empresa y comenzar con el alumbrado público tenían que conseguir el permiso del gobierno, lo cual no fue fácil.

Antes de otorgar el permiso, el Comité de Pavimentación pidió una demostración del funcionamiento del sistema. Ya con el visto bueno de las autoridades, los hombres de Winsor colocaron tres postes de lámparas en un lado de la calle, las cuales estaban conectadas a la tubería de los hornos de carbonización, que habían sido montados en las dos casas del empresario alemán, en la misma calle. Las lámparas fueron encendidas el 28 de enero de 1807, y el 4 de junio volverían a ser encendidas para celebrar el cumpleaños del rey Jorge III.

El períodico The Monthly Magazine relató que “la luz producida por estas lámparas de gas era clara, brillante e incolora, la calle siguió repleta de espectadores casi hasta las 12 de la noche y parecían muy divertidos y encantados”. Pero, aunque todo fue un éxito, la calle no permaneció iluminada; solo podían encender las lámparas durante unas horas y con el permiso de las autoridades. Fueron prendidas varias veces en los siguientes años mientras conseguían la autorización del gobierno.

En 1812, Winsor fundó la primera productora de gas del mundo: la Gas Light and Coke. Finalmente, ese mismo año una carta real, firmada por Jorge III, le otorgó el poder para excavar en calles e instalar gasoductos con el propósito de empezar el alumbrado público. El empresario teutón nombró como jefe de tan importante tarea al ingeniero civil Samuel Clegg, quien había trabajado para Boulton & Watt.

Al siguiente año la empresa iluminó el puente de Westminster y partir de ahí el alumbrado público mediante gas de carbón se fue extendiendo poco a poco a otras ciudades. Al principio era necesario que las lámparas fueran encendidas manualmente una por una antes de que cayera la noche, pero después se empezaron a desarrollar dispositivos para prenderlas de manera automática. La primera ciudad de América en instalar este sistema de alumbrado con gas fue Baltimore, EE.UU., en 1816.

Con el paso del tiempo Winsor perdió poder en la Gas Light and Coke, fue relegado por sus socios y pasó a ser un simple asesor técnico. Acosado por sus acreedores, en 1815 tuvo que salir huyendo de Reino Unido y se fue a radicar a Francia, donde fundó una compañía de gas, la cual cerró sus puertas en 1819. El alemán murió el 11 de mayo de 1830.

56 años después, la historia de la iluminación tomaría otro rumbo, sería puesto en marcha el primer sistema de distribución de luz eléctrica del mundo, en la isla de Manhattan, Nueva York.