Los sistemas de iluminación en el Paleolítico

El hombre comenzó a utilizar el fuego hace aproximadamente 120.000 años, en la fase final del paleolítico inferior, la extensísima etapa inicial del primer periodo de la prehistoria, este descubrimiento le proporcionaba una fuente de luz y calor, ahuyentaba a los animales peligrosos y servía para la cocinar los alimentos.

En lo que a iluminación se refiere, la exploración de las cuevas susceptibles de ser habitadas debió ser uno de los objetivos más importantes de nuestros antepasados. La luz natural sólo llega hasta las partes más cercanas de las entradas, por lo que a medida que nos adentramos en las cavernas la oscuridad es absoluta.

Del examen de los restos hallados y la morfología natural de las cuevas, se comprende la interacción de los seres humanos con el factor geológico, el modo en que lograron aprovechar las concavidades naturales de las mismas para instalar fogones, facilitando de esta manera la visión del recorrido y el acceso a lugares recónditos.

Las evidencias arqueológicas prueban que al término del paleolítico medio y comienzos del paleolítico superior, 40.000 años atrás en el tiempo, empiezan a desarrollarse dos métodos distintos de iluminación móvil. Así lo afirman los hallazgos de lámparas de piedra y pictografías con imágenes de antorchas.

Sobre estos dos sistemas portátiles, las antorchas permiten alumbrar en todas direcciones pero duran encendidas menos tiempo y son más incómodas de transportar, e incluso si se quiere descansar, requiere tenerlas constantemente en la mano, mientras que las lámparas importan un apreciable adelanto, son más manejables y se pueden depositar en cualquier superficie, liberando las manos en un momento dado para realizar otras tareas.

Las lámparas que se han recuperado, en su mayor parte en el territorio de Francia y en la península Ibérica, son de tres tipos: las de circuito abierto, las de circuito cerrado y las que tienen un mango trabajado.

Las de circuito abierto se caracterizan porque no contienen el combustible en su totalidad en el soporte. Este tipo de lámparas se pueden considerar como improvisadas o de emergencia, ya que no son elaboradas, presentan la desventaja de que el líquido se puede derramar por la abertura y llegar a ser molesto para el portador, que tendría que ir recargando combustible, además de quedar expuesto a quemaduras.

Las de circuito cerrado pueden tener mango o no tenerlo, pero se caracterizan porque el combustible queda en su totalidad dentro del soporte.

Las lámparas trabajadas con un mango, hacen su aparición en el registro arqueológico ya avanzado el paleolítico superior – 22.000 años –.

Un dato que es verdaderamente asombroso, porque revela el ingenio aplicado, es el combustible utilizado: la grasa del tuétano de los huesos de animales y la cera de abeja, combustibles duraderos y que no desprenden humo.

Para determinar la mecha que se utilizaba, los análisis de los residuos de las lámparas han puesto de manifiesto restos de coníferas, enebro, hierba, y residuos no leñosos como el liquen o musgo.